La voz del niņo
  Poemas
 
Mi noche hermosa
Oscar Ureña García
Una vez José Martí, el gran escritor, poeta y periodista cubano, se correspondió: la noche hermosa no deja dormir. Me imagino que Martí, acostado en el campo no pudo pegar los ojos al ver los granos de arena brillantes del mar azul oscuro que, inverso al mar que conocemos, cuelga desde arriba de nuestras mentes.
Me aventuro a pensar que Martí logró mirar al centurión romano formado por la constelación de orión y se detuvo en el cinturón del centurión. Definitivamente la noche hermosa no deja dormir. Imagino que al ver las Pléyades sus ojos se alteraron y no dejaron cerrarse en el silencio del descanso mortal. Definitivamente la noche hermosa no deja dormir.
En mi caso es distinto. Mi noche, más de un siglo después, no la disfruto en el campo de Cuba. La disfruto en la habitación de una casa poaseña de cemento a los pies de un cono gigante de gases y ceniza que en su majestuosidad y hermosura más bien deja dormir. Mi noche no es clara, es oscura. Mi noche no está a la intemperie, está bajo láminas de zinc y cielos rasos de madera. Pero en mi noche puedo ver los luceros. Las estrellas más hermosas que he visto y juntas crean la constelación más fantástica, atrayente y perfecta que algún mortal haya podido observar. Martí no envidia mi noche, pero la desea.
Está constelación me roba el sueño. Tiene dos estrellas en la parte superior que brillan apuntando hacia un poeta que admira su libro. Estas centellean más que todas las demás, parece como si lograran mirar. Asemejan los ojos de una vista enamorada. ¡Oh constelación! ¿Acaso estás enamorada del poeta que escribe con su pluma de amor? Porque si así es entiendo el brillo de tu mirar, la autonomía y admiración que posees. Aquellas estrellas se entrecierran y dan libertad a otra estrella más abajo para brillar. Parece una sonrisa. Estrellas por aquí, otras por allá, unas fugases, otras eternas. Pero mi constelación sigue brillando en mi noche.
El camino de estrellas empieza a trazar una silueta. Miro bien. Dos pechos, una cintura cuidadosamente dibujada, unas caderas femeninas y esbeltas. La constelación ya es Ella.
Antes de verla ocultarse en el horizonte, Ella le regala otro vistazo a su poeta. Este, levanta su mirada y se da cuenta que las luces de tres grandes estrellas lo apuntan como si fuera un escenario. Ella y él han estado distantes toda la noche, pero desde lo lejos se miran. Lo veo levantar su pluma de amor y sin quitar la mirada del regalo que le da Ella, toma su libro y con suavidad se responde en su caligrafía:
Mi cielo no es como el de Martí. Este no es tan inmenso. Tan solo tiene una constelación. Pero con esa basta para poder decir: Mi noche hermosa no deja dormir.
Mi amigo Martí, ese poeta soy yo.
 
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